Paralelas, andadores y un pediatra
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He pasado una parte considerable de mi vida mirando cómo anda gente muy pequeña. En Pediatría ocurre eso: uno estudia años y años para terminar observando a un niño que, mientras sus padres preguntan si es normal que todavía no camine, está debajo de la mesa intentando comerse algo que no debería. Entonces explicas que sí, que cada niño tiene su ritmo, que no hay que comparar y que aprender a caminar no consiste en levantarse un lunes y dirigirse a la cocina como si la vida fuera una línea recta.
Nunca pensé que acabaría aplicando parte de aquellas explicaciones a una mujer de noventa años.
Mi suegra se cayó.
Hasta ese momento caminar era una actividad tan automática que nadie le concede mérito. Uno se levanta, va al baño, entra en la cocina, busca unas gafas que lleva puestas y continúa con su vida sin pensar demasiado en el mecanismo que lo sostiene.
Después de una fractura de cadera, caminar deja de ser caminar. Se convierte en una asignatura. Hay teoría, prácticas y examen. Primero incorporarse. Después colocar los pies. Agarrarse. Mantener el equilibrio. Avanzar el andador. Mover una pierna. Luego la otra. Visto desde fuera parece sencillo. También parece sencillo caminar sobre la Luna cuando lo ves por televisión.
Estos días han aparecido en nuestras vidas las paralelas. Hasta ahora, para mí, unas paralelas eran dos rectas condenadas a no encontrarse nunca. Ahora sé que también son dos barras metálicas a las que una persona se agarra con todas sus fuerzas para recorrer cuatro metros. Las matemáticas no mencionan este detalle, quizá porque nunca han tenido que acompañar a nadie en una rehabilitación.
La primera vez que la vi entre ellas tuve una sensación extraña. Aquello ya lo había visto. No exactamente, claro. Pero sí, aunque de otra manera. Un niño que empieza a caminar también busca apoyos. Se agarra al sofá, a una silla, a la mano de su padre. Se desplaza lateralmente. Suelta una mano. La recupera enseguida porque todavía no se fía demasiado del invento. Después da un paso. Y todos aplauden.
Con los niños aplaudimos muchísimo. Un niño consigue mantenerse de pie durante nueve segundos y alrededor hay cinco adultos comportándose como si acabara de ganar los cien metros de los Juegos Olímpicos.
Con los mayores somos bastante menos generosos. Probablemente porque olvidamos que ponerse de pie también puede volver a ser una hazaña.
Hay, sin embargo, una diferencia que estos días no consigo quitarme de la cabeza. El niño no sabe lo que todavía no puede hacer. La persona mayor sí sabe lo que ha perdido.
Mi suegra sabe perfectamente que antes se levantaba sola. Sabe que caminaba sin pensar dónde ponía cada pie. Sabe que no necesitaba que nadie permaneciera a medio metro por si perdía el equilibrio. El cuerpo quizá esté aprendiendo. La memoria, no. Y sospecho que ahí está buena parte de la dificultad. Porque rehabilitar una cadera debe de ser complicado, pero rehabilitar la confianza probablemente lo sea todavía más. El miedo también camina. Y suele hacerlo un poco por delante.
Mientras tanto, nosotros hemos tenido que aprender otra cosa: ayudar. Parece fácil. No lo es. Ayudar demasiado es facilísimo. Uno ve a una persona haciendo un esfuerzo y enseguida aparece el impulso de agarrarla, levantarla, acercarle el andador, colocarle el pie, darle instrucciones y, si te descuidas, hacer la rehabilitación tú mismo. Hay que contenerse.
Esto también me resulta familiar. Los padres hacen exactamente lo mismo cuando sus hijos empiezan a andar. Los sujetan tanto para evitar que se caigan que, a veces, casi impiden que caminen.
Quizá cuidar tenga algo de calcular distancias. Estar cerca, pero no encima. Dar seguridad, pero no sustituir. Ofrecer una mano sin convertirla en una grúa.
Los pediatras hablamos mucho de autonomía infantil. Resulta curioso descubrir que la autonomía sigue siendo un asunto importante noventa años después.
Estos días nuestras unidades de medida también han cambiado. Ya no hablamos de grandes objetivos. Hoy se ha levantado mejor. Hoy ha necesitado menos ayuda. Hoy ha llegado un poco más lejos. Hoy tenía menos miedo.
Hay días buenos y otros que parecen ir hacia atrás. Esto también se parece sospechosamente al desarrollo infantil. En Pediatría llevamos toda la vida explicando que el desarrollo no es una autopista recta. Lo que no sabía era que la frase tenía una fecha de caducidad tan larga.
Ahora miro a mi suegra avanzar entre las paralelas mientras yo permanezco cerca intentando descubrir cuál es la distancia exacta a la que uno ayuda sin estorbar. No siempre acierto. Ser pediatra tampoco concede competencias automáticas para convertirse en fisioterapeuta, geriatra ni experto en suegras. Conviene aclararlo.
Pero sí me ha dejado algunas costumbres: observar, esperar, no confundir velocidad con progreso, celebrar cosas que desde fuera pueden parecer pequeñas. Y entender que hay momentos de la vida en los que un paso es simplemente un paso y otros en los que un paso ocupa prácticamente todo el día.
He dedicado muchos años a ver cómo los niños conquistaban la posibilidad de alejarse de sus padres. Ahora acompaño a una mujer que intenta recuperar la posibilidad de no necesitarnos tanto. Tiene gracia. Uno empieza la carrera pensando que va a estudiar enfermedades y acaba descubriendo que buena parte del trabajo consiste en saber cuándo acercar una mano y cuándo quitarla de en medio.
Por eso he querido contar esto. No porque haya descubierto nada extraordinario. Estamos simplemente aprendiendo sobre la marcha. Nunca mejor dicho.
Quizá detrás de otra puerta haya ahora una familia mirando unas paralelas, un andador o una silla y preguntándose si avanzan demasiado despacio. Nosotros también nos lo preguntamos.
Luego llega un paso. Solo uno. Y durante unos segundos parece suficiente.




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