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Las cosas que veo cuando no escribo

  • hace 21 horas
  • 2 min de lectura

Durante estas últimas semanas habréis notado que he escrito menos literatura pediátrica. No ha sido una decisión consciente. Simplemente, mis pensamientos se han desplazado, como si alguien hubiera movido el mobiliario interior sin avisar. Algunas situaciones personales me han llevado a mirar hacia otros rincones: a las personas mayores, a quienes cuidan, a quienes necesitan ser cuidados y, de paso, también a mí mismo, que a veces me sorprendo funcionando como un objeto extraño dentro de mi propia vida.

Lo curioso es que, aunque mire hacia otros lugares, la pediatría sigue apareciendo por todas partes. Se cuela en los gestos, en los silencios, en las conversaciones que no tienen nada que ver con niños. A veces pienso que los dos extremos de la vida se parecen tanto que podrían intercambiarse sin que nadie lo notara. Un niño que aprende a caminar y una persona mayor que necesita un andador comparten más territorio del que imaginamos. Quizá la vida sea un círculo y no una línea, y estemos todos dando vueltas sin darnos cuenta.

Escribir estas reflexiones supone mostrarme un poco más. Y eso da pudor. Es mucho más fácil esconderse detrás del pediatra —ese personaje con bata, protocolos y una voz que siempre parece saber qué decir— que escribir desde uno mismo, que es un personaje sin manual de instrucciones. Cuando uno escribe desde sí mismo, las palabras se vuelven más frágiles, como si pudieran romperse al caer sobre el papel.

Por eso estas últimas entradas —y probablemente alguna de las próximas— van por ahí. Son más personales. Más mías. Más de ese territorio extraño donde la realidad cotidiana se mezcla con lo que uno imagina cuando se queda quieto demasiado tiempo.

Pero la pediatría, de una forma u otra, seguirá estando al fondo. Como un ruido suave. Como una sombra que no molesta. Como un niño que juega en otra habitación y cuya presencia se intuye aunque no se vea.

Al final, supongo que se trata de eso: pensar desde otro lugar. Moverse un poco hacia un lado. Mirar lo mismo, pero con otra luz.

Y dejar que la vida, en cualquiera de sus extremos, nos enseñe algo que antes no veíamos.

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