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Padres al estilo Toni Nadal: preparar para la vida, no para la comodidad

  • hace 3 días
  • 6 min de lectura

Queremos que nuestros hijos sean felices, autónomos y capaces de afrontar las dificultades de la vida. Sin embargo, muchas veces, intentando protegerles, acabamos evitando precisamente las experiencias que les ayudan a desarrollar esas capacidades.

La psicología y la neurociencia muestran que la autonomía, la resiliencia y la tolerancia a la frustración no aparecen por arte de magia: se construyen practicándolas. Los niños necesitan cariño, apoyo y protección, pero también oportunidades para equivocarse, resolver problemas, asumir responsabilidades y comprobar que son capaces de superar obstáculos por sí mismos.

Educar no consiste en garantizar que siempre tengan éxito. Consiste en ayudarles a desarrollar las herramientas necesarias para afrontar tanto los éxitos como las derrotas.

La cuestión no es si debemos proteger o exigir más. La pregunta realmente importante es:

¿La ayuda que estoy dando está ayudando a mi hijo a crecer o está sustituyendo algo que podría aprender a hacer por sí mismo?

Porque nuestro objetivo no es criar niños que nunca caigan.


Hace unos años leí una reflexión de Toni Nadal que no me ha abandonado desde entonces. No hablaba de tenis, ni de victorias, ni siquiera de deporte. Hablaba de preparación. Y cuanto más tiempo llevo trabajando con niños y familias, más convencido estoy de que esa palabra lo resume todo: educar es preparar.

Preparar para una vida que será maravillosa muchas veces, sí. Pero que también será exigente. Que traerá alegrías y traerá decepciones. Que abrirá puertas y cerrará otras sin previo aviso. Esa es la vida real, la que ningún padre puede controlar por completo, por mucho que lo intente.


Por eso la pregunta que más me ronda últimamente es esta: ¿estamos criando niños cómodos o adultos capaces?


La tentación de quitar todas las piedras del camino

Todos queremos que nuestros hijos sean felices. Eso no necesita explicación. El impulso de protegerles, de evitarles sufrimientos innecesarios, de resolverles los problemas antes de que se conviertan en algo mayor, es uno de los instintos más humanos que existen. Cuando los vemos sufrir, aunque sea por algo pequeño, algo en nosotros quiere intervenir de inmediato.

Pero ahí está la trampa. Queremos que nuestros hijos sean resilientes, pero les evitamos cualquier dificultad. Queremos que sean autónomos, pero les resolvemos demasiadas cosas. Queremos que aprendan a enfrentarse al mundo, pero hacemos grandes esfuerzos para que no tengan que hacerlo todavía.

Sin darnos cuenta, a veces confundimos proteger con eliminar obstáculos. Y son dos cosas muy distintas. Nadie aprende a caminar sin tropezar alguna vez. Nadie aprende a decidir sin equivocarse. Nadie aprende a gestionar la frustración sin haberla sentido de verdad. Nuestro trabajo no es retirar las piedras del camino. Es ayudarles a desarrollar las herramientas para recorrerlo solos.


El éxito no está garantizado, y eso también hay que enseñarlo

Hay una idea que me parece fundamental y que sin embargo pocas veces decimos en voz alta: esforzarse no garantiza el éxito. Puedes prepararte, estudiar, actuar correctamente, darlo todo, y aun así perder. La vida funciona así, y los niños necesitan saberlo.

Ahora bien, también es cierto lo contrario: hacer las cosas mal sí aumenta enormemente las posibilidades de fracasar. Por eso educar no debería consistir en garantizar resultados, sino en enseñar hábitos. Responsabilidad. Perseverancia. Capacidad de adaptación. Preparar para el éxito es importante, pero preparar para la derrota es imprescindible.

Tarde o temprano todos suspenderán algo. Perderán algo. Se equivocarán. Serán rechazados. Y cuando llegue ese momento, lo que más van a necesitar no es que les hayamos evitado todas las caídas anteriores. Van a necesitar los recursos internos que les ayudamos a construir mientras crecían.


La autonomía no se regala, se practica

Los psicólogos Edward Deci y Richard Ryan llevan décadas estudiando qué hace que las personas desarrollen motivación genuina y autonomía real. Su Teoría de la Autodeterminación, una de las más sólidas en psicología del desarrollo, señala que los niños necesitan tres cosas básicas para crecer de manera sana: sentirse competentes, sentirse autónomos y sentirse vinculados a quienes les rodean.

El problema es que la competencia no aparece de repente al cumplir una edad. Se construye poco a poco, cada vez que un niño intenta algo nuevo, resuelve un problema, toma una decisión y comprueba que puede hacerlo. Cuando hacemos por ellos cosas que ya podrían empezar a hacer solos, les transmitimos un mensaje que no siempre pretendemos: "no estoy del todo seguro de que puedas con esto".

La confianza en uno mismo no nace de escuchar constantemente que eres capaz. Nace de comprobarlo. De haber intentado algo difícil, de haberse caído y de haberse levantado. Eso es lo que Deci y Ryan llaman motivación intrínseca, y es lo que buscamos cuando queremos que nuestros hijos actúen por convicción propia y no solo por miedo al castigo o al fracaso.


La resiliencia no es un rasgo, es un proceso

La investigadora Ann Masten, de la Universidad de Minnesota y una de las voces más influyentes en el estudio de la resiliencia infantil, lleva años defendiendo una idea que choca con la intuición de muchos padres: la resiliencia no es un superpoder que algunos niños tienen y otros no. Es un proceso que se desarrolla, y que depende en gran medida del entorno en el que el niño crece.

Masten lo llama "magia ordinaria". Los niños que mejor afrontan la adversidad no son superhéroes ni casos excepcionales. Son niños que han tenido adultos cerca que confiaban en ellos, que han tenido oportunidades de enfrentarse a retos adaptados a su edad, y que han aprendido que los problemas pueden afrontarse. Ese aprendizaje no ocurre en el vacío. Ocurre cuando les dejamos espacio para intentarlo.

Esperar, perder, equivocarse, intentarlo de nuevo: son experiencias incómodas. Pero también son, según Masten, exactamente las experiencias que construyen esa capacidad de adaptación que tanto queremos para nuestros hijos. No necesitamos exponerles a sufrimientos innecesarios. Necesitamos acompañarles mientras aprenden a gestionar los que la vida trae de forma natural.


La frustración no es el enemigo

Pocas cosas nos resultan tan incómodas a los padres como ver sufrir a nuestros hijos. Es casi físico. Pero la frustración no es una enfermedad que haya que eliminar. Es una emoción que hay que aprender a atravesar, y cuanto antes se empiece a practicar, mejor.

Cuando un niño pierde un partido, suspende un examen, discute con un amigo o descubre que no siempre obtiene lo que desea, está desarrollando algo valioso: tolerancia a la incertidumbre, capacidad para regular sus emociones, habilidad para buscar soluciones. Nuestro papel no es hacer desaparecer esa frustración antes de que llegue. Es acompañarles mientras aprenden a gestionarla.

Acompañar no siempre significa rescatar. A veces significa simplemente estar ahí, sin intervenir, mientras aprenden.

Exigir también es querer

Hay una idea que suele generar incomodidad, y sin embargo me parece una de las más importantes: exigir a alguien puede ser una forma profunda de cariño. No hablo de exigir perfección, ni de comparar a los hijos entre sí, ni de convertir cada error en un drama. Hablo de transmitir un mensaje muy concreto: creo que eres capaz de más.

Cuando pedimos a un niño que termine una tarea sin ayuda, que asuma una responsabilidad en casa, que persevere cuando algo se pone difícil, le estamos mostrando confianza. Porque es mucho más fácil hacerlo nosotros. Más fácil evitar el conflicto. Más fácil rebajar las expectativas para que todo fluya sin tensión.

Lo difícil es acompañar el esfuerzo. Esperar. Dejar que se equivoquen y que busquen cómo resolverlo. A veces confundimos querer mucho con pedir poco. Pero querer bien a un hijo muchas veces significa ayudarle a descubrir capacidades que todavía no sabe que tiene.

Esto también nos transforma a nosotros

Hay algo de lo que se habla poco: la exigencia no solo transforma al niño. También transforma al padre o a la madre. Porque exigir con cariño requiere más esfuerzo que sobreproteger. Obliga a mantener la coherencia incluso cuando resulta incómodo. Obliga a tolerar la frustración de ver a tu hijo esforzarse sin intervenir. Obliga a pensar a largo plazo cuando todo en ti quiere resolver el problema ahora mismo.

Y aquí hay una verdad que me parece importante decir sin juzgar: muchas veces no evitamos ciertas dificultades porque nuestros hijos no puedan afrontarlas. Las evitamos porque nosotros tampoco soportamos verles pasar por ellas. Eso es profundamente humano. Pero reconocerlo nos da la oportunidad de gestionarlo mejor.

Ni dureza ni sobreprotección

Quiero ser claro en algo: nada de lo que he escrito aquí defiende una educación basada en la dureza o en la frialdad afectiva. La ciencia tampoco lo hace. Los mejores resultados en desarrollo infantil aparecen cuando los niños crecen en entornos donde conviven el afecto, el apoyo, los límites claros y las expectativas razonables.

Los niños necesitan sentirse queridos. Necesitan abrazos. Necesitan saber que sus padres están ahí si se caen. Pero también necesitan que esos mismos padres confíen en que pueden levantarse. Las dos cosas no se contradicen. De hecho, se necesitan mutuamente.

La pregunta que cambia el enfoque

Más que preguntarnos si debemos proteger o exigir, creo que hay una pregunta más útil y más honesta: ¿la ayuda que estoy dando favorece que mi hijo desarrolle nuevas capacidades, o está sustituyendo capacidades que podría desarrollar por sí mismo?

No siempre es fácil responder. Hay días en los que la respuesta cambia. Hay momentos en los que intervenir es lo correcto, y otros en los que lo más valioso que podemos hacer es quedarnos quietos y dejar que lo intenten.

Pero hacerse esa pregunta de manera honesta, con regularidad, es probablemente uno de los actos de amor más grandes que existe en la crianza.

Porque el objetivo no es criar niños que nunca caigan.

Es criar personas que sepan levantarse.

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