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Chupete, biberón y pañal: tres despedidas que llegarán cuando tu hijo esté preparado

  • hace 7 días
  • 6 min de lectura


Los objetos que ayudan a crecer

Hay conversaciones que aparecen una y otra vez en las revisiones de los dos, tres o cuatro años.

A veces son los padres quienes sacan el tema nada más entrar por la puerta.

Pero otras veces soy yo.

Mientras repasamos cómo va creciendo el niño, pregunto:

—¿Todavía usa chupete?

—Sí...

—¿Y el biberón?

—Solo por la noche.

—¿Cómo vais con el pañal?

Y entonces aparece esa mezcla de justificación y preocupación que conozco tan bien después de tantos años de consulta.

"Ya sabemos que deberíamos quitárselo..."

"Lo hemos intentado varias veces..."

"Es que no parece preparado..."

"Todos los demás ya lo han dejado..."

Y es curioso, porque la conversación parece girar alrededor de un chupete, un biberón o un pañal. Pero casi nunca habla realmente de eso. Habla del miedo a llegar tarde. De la sensación de que otros niños avanzan más deprisa. De la duda permanente sobre si estamos haciendo las cosas bien.

Quizá por eso merece la pena detenernos un momento y mirar estos tres objetos de otra manera.

Porque el chupete, el biberón y el pañal tienen algo en común: no son simplemente cosas que un día se quitan. Son herramientas que acompañan una etapa del desarrollo.

Y entender para qué sirven suele ser mucho más útil que obsesionarse con cuándo desaparecerán.

El chupete: mucho más que un trozo de silicona

Cuando pensamos en el chupete solemos centrarnos en el momento de retirarlo.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar por qué apareció.

La respuesta es sencilla: porque funciona.

Los bebés nacen con una necesidad de succión muy potente. No sirve únicamente para alimentarse. También les ayuda a organizarse, a relajarse y a recuperar cierta sensación de seguridad cuando están cansados, incómodos o sobrepasados por lo que ocurre a su alrededor.

Por eso muchos padres descubren pronto que un chupete puede resolver en segundos lo que parecía un problema enorme.

Antes de que un niño pueda decir que está nervioso, frustrado o cansado, dispone de muy pocas herramientas para regular lo que siente. La succión es una de ellas.

Con el tiempo aparecen otras: un abrazo, una rutina, un peluche, la capacidad de esperar unos segundos, el lenguaje.

La cuestión importante no es tanto cuándo retirar el chupete como comprobar si el niño está desarrollando recursos alternativos.

Porque cuando esos recursos aparecen, el chupete suele perder protagonismo de forma bastante natural. Primero queda reservado para dormir, luego para momentos concretos y, finalmente, llega un día en que deja de ser importante.

Dicho esto, como pediatra sí considero razonable empezar a retirarlo a partir de los dos años. No porque de repente se vuelva peligroso, sino porque a partir de esa edad empiezan a aumentar algunos efectos no deseados, especialmente sobre la mordida y la alineación dental. También existe una asociación con una mayor frecuencia de otitis medias recurrentes en determinados niños.

Por eso, si sigue siendo una parte importante de la vida cotidiana a los tres años, suelo hablar del tema durante la revisión. Sin dramatizar. Sin culpabilizar. Pero sin mirar hacia otro lado.

Lo curioso es que, cuando finalmente desaparece, casi nunca ocurre como los padres habían imaginado. No suele haber grandes ceremonias ni despedidas épicas.

Simplemente un día deja de ser necesario.


El biberón: una despedida silenciosa

Si les pregunto a unos padres por la primera vez que su hijo tomó un biberón, muchos son capaces de recordarla con bastante detalle. Dónde estaban. Quién se lo dio. Cómo reaccionó el bebé.

Sin embargo, casi nadie recuerda la última vez.

Y quizá eso ya nos da una pista.

Las etapas importantes de la infancia no siempre terminan con un acontecimiento memorable. Muchas veces se van cerrando poco a poco, casi sin que nos demos cuenta.

Con el biberón ocurre algo parecido. Para algunos niños deja de tener sentido muy pronto. Para otros continúa formando parte de la rutina nocturna durante más tiempo.

Si un niño de tres años toma un biberón antes de dormir como parte de un ritual tranquilo y predecible, no estamos ante una urgencia pediátrica. Pero tampoco es algo que deba mantenerse indefinidamente.

Las recomendaciones actuales aconsejan realizar la transición al vaso durante el segundo año de vida y abandonar el biberón antes de los dos años. La razón principal no es educativa: es médica.

El biberón nocturno con leche aumenta significativamente el riesgo de caries temprana, especialmente cuando se mantiene de forma prolongada. Además, en algunos niños puede interferir con la progresiva aceptación de texturas y alimentos sólidos. Cuando un niño prefiere beber a masticar, cuando la leche desplaza otras comidas o cuando existe una dificultad persistente para aceptar nuevas consistencias, merece la pena detenerse y valorar qué está ocurriendo. No para buscar culpables, sino para ofrecer ayuda si la necesita.

Y aquí hay algo que pocas veces reconocemos: el biberón no solo acompaña al niño, también acompaña a los padres.

Hay una intimidad especial en esos últimos minutos del día que resulta difícil sustituir.

Por eso a veces cuesta más despedirse de esa rutina de lo que estamos dispuestos a admitir.

El pañal: la maduración no entiende de calendarios

Probablemente sea el tema que más presión genera. Cada primavera empiezan las comparaciones, las recomendaciones, los consejos no solicitados y la famosa operación pañal.

Y luego está la presión institucional, que es otra historia. Muchos colegios y guarderías piden que los niños lleguen sin pañal a los dos o tres años como condición de entrada. Lo entiendo desde el punto de vista organizativo — un aula de veinte niños con varios en proceso de control de esfínteres es un desafío logístico real. Pero esa exigencia no tiene base en el desarrollo infantil. Es una norma administrativa, no un criterio clínico.

Y conviene tenerlo claro, porque cuando un padre vive la retirada del pañal como un requisito de admisión, la presión que transmite al niño es completamente diferente a cuando lo vive como un proceso natural. El niño no sabe que hay una fecha límite del colegio. Pero nota perfectamente si los adultos que le rodean están tranquilos o tensos cada vez que va al baño.

Parece que existe una fecha límite invisible que todos los niños deberían cumplir antes de empezar el colegio. La realidad es bastante menos uniforme.

El control de esfínteres depende fundamentalmente de la maduración neurológica. Para conseguirlo, el niño debe reconocer las señales que envía su vejiga o su intestino, interpretarlas correctamente, retenerlas el tiempo suficiente y actuar en consecuencia. Y no todos los cerebros llegan al mismo ritmo.

La mayoría de los niños adquieren el control diurno entre los dos y los tres años y medio. El control nocturno suele llegar más tarde, a veces bastante más tarde, y sigue siendo normal.

La genética tiene un papel importante. Cuando alguno de los padres presentó enuresis nocturna durante la infancia, es frecuente encontrar una evolución similar en sus hijos.

Por eso conviene recordar algo que repetimos poco:

  • No se trata de esfuerzo.

  • No se trata de voluntad.

  • No se trata de que el niño quiera o no quiera.

  • Se trata de maduración.

Los adultos sí podemos ayudar creando un contexto favorable: observando señales de preparación, evitando iniciar el proceso durante momentos especialmente estresantes y acompañando sin convertir cada accidente en un examen.

Porque los escapes forman parte del aprendizaje, exactamente igual que las caídas forman parte del aprendizaje de la marcha. Nadie espera que un niño aprenda a caminar sin tropezar. Tampoco debería esperar que aprenda a controlar sus esfínteres sin errores por el camino.

Los objetos que ayudan a crecer

Existe una idea muy bonita en psicología infantil. Algunos objetos no están ahí para quedarse. Están ahí para ayudar.

Donald Winnicott describió hace décadas cómo determinados objetos acompañan a los niños durante etapas concretas del desarrollo. No porque creen dependencia, sino porque facilitan el camino hacia la autonomía.

El chupete ayuda a regularse cuando todavía no existen otras herramientas para hacerlo. El biberón acompaña algunos de los momentos más seguros y tranquilos del día. El pañal protege mientras el cerebro madura y aprende una función compleja.

Cada uno cumple una misión distinta, pero todos comparten algo importante: son apoyos temporales. Los adultos solemos mirarlos preguntándonos cuándo desaparecerán. Los niños simplemente los utilizan mientras los necesitan. Y cuando dejan de necesitarlos, poco a poco los abandonan.

No están diseñados para durar para siempre. No están diseñados para crear dependencia. Están diseñados para acompañar una etapa.

Porque algunos de los mejores apoyos que reciben los niños tienen precisamente esa misión: ayudarles a crecer hasta que dejan de ser necesarios.

Lo que tienen en común estas tres despedidas

Si tuviera que resumir todo lo anterior en una sola idea, probablemente sería esta:

El chupete, el biberón y el pañal son procesos de maduración disfrazados de objetos.

Por eso generan tantas dudas. Porque parecen cosas que los adultos debemos retirar cuando, en realidad, gran parte del trabajo ocurre dentro del propio niño.

Eso no significa que nuestro papel sea irrelevante. Al contrario: nos corresponde acompañar, crear las condiciones adecuadas, detectar cuándo algo necesita ayuda y evitar convertir cada paso del desarrollo en una carrera contra el reloj.

Tu hijo dejará el chupete Dejará el biberón. Y dejará el pañal.

La inmensa mayoría de las veces lo hará sin que exista una fecha mágica ni un método milagroso detrás. Lo hará cuando esté preparado.

Mientras tanto, quizá la pregunta más importante no sea cuándo ocurrirá.

Quizá la pregunta importante sea cómo queremos acompañarle hasta que llegue ese momento.

¿Tienes dudas sobre alguno de estos procesos? Coméntalo con tu pediatra. No para saber si tu hijo va adelantado o retrasado, sino para entender en qué punto del camino se encuentra y qué necesita para seguir avanzando.

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