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No todos los adolescentes que beben son iguales: 4 perfiles que debes conocer

  • hace 1 día
  • 6 Min. de lectura

¿Por qué hablar de esto ahora?

Hace unas semanas atendí en consulta a una madre que venía a pedir consejo sobre su hija de 13 años. No por fiebre, ni por otras razones. Venía porque había encontrado en el móvil de la niña fotos de una fiesta en la que había alcohol. Su hija estaba en primero de la ESO.

No fue un caso aislado. Llevo meses escuchando versiones distintas de la misma historia. Y me acordé del último informe del Ministerio de Sanidad: casi uno de cada tres chavales de 12 y 13 años ya ha bebido alcohol en el último año. No cuando llegan al instituto. Antes.

Lo que también me llamó la atención —y confieso que me sorprendió— es que entre los 14 y los 18 años, las chicas beben más que los chicos. Borracheras incluidas. Eso no encaja con el estereotipo que muchos tenemos interiorizado, y es exactamente el tipo de cosa que merece que nos paremos a pensar.

Esta entrada no pretende ser un resumen de estadísticas. Para eso ya están los informes oficiales. Lo que quiero hacer es algo más útil: proponer una forma de clasificar a estos adolescentes según cómo beben, para que esa clasificación nos ayude a hablar con ellos —y con sus familias— de manera más concreta.


Los datos que no podemos ignorar (ESTUDES 2023 / OEDA 2024-2025)

El 75,9% de los estudiantes de 14 a 18 años ha consumido alcohol alguna vez en su vida. En 2021 era el 73,9%. La tendencia va hacia arriba.

Cuatro perfiles de consumo en la adolescencia

No todos los adolescentes que beben lo hacen igual, y tampoco todos necesitan la misma respuesta. Llevo tiempo usando mentalmente esta clasificación en consulta —cuatro perfiles, cuatro formas de entrar en la conversación— y me parece que puede ser útil compartirla:


Perfil 1 — El iniciador temprano (12-13 años)

Es el que más me preocupa. A los 12 o 13 años el cerebro está en plena construcción —memoria, toma de decisiones, regulación emocional— y el alcohol interfiere exactamente en ese proceso. No de forma abstracta: hay estudios que muestran cambios medibles en la estructura cerebral con consumos que a un adulto le parecerían anecdóticos.

El problema es que este perfil casi nunca llega solo a consulta. El chaval no lo cuenta, los padres no lo saben, y el pediatra no pregunta porque no lo tiene en el radar. Una sola pregunta directa —sobre si ha probado el alcohol— en la revisión de los 12 años puede cambiar eso.

Perfil 2 — El consumidor social ocasional (14-16 años)

El más frecuente con diferencia, y el que menos alarma genera. Bebe en fiestas y fines de semana, lo ve como algo normal —porque en su entorno lo es— y si le preguntas si cree que tiene un problema, te mira como si te hubieras vuelto loco.

Con este perfil, el alarmismo no funciona. Lo que sí funciona es hablar con curiosidad genuina: ¿por qué bebes?, ¿qué pasa si no bebes?, ¿sabes lo que le hace el alcohol a un cerebro de 15 años? No como interrogatorio. Como conversación real.

Perfil 3 — La bebedora intensiva (chicas, 15-18 años)

Cuando digo a los padres que las chicas de 16 años se emborrachan más que los chicos de la misma edad, muchos no me creen a la primera. Pero es lo que dicen los datos, y tiene una explicación que va más allá de la fisiología —aunque la fisiología también importa, porque el cuerpo femenino metaboliza el alcohol de forma diferente y con menor tolerancia.

Con frecuencia el alcohol aparece aquí como una herramienta de manejo emocional: para soltarse, para encajar, para no sentir el peso de la ansiedad social. Eso cambia mucho cómo hay que abordar la conversación. No es lo mismo que beber por diversión.

Perfil 4 — El consumidor habitual de riesgo (17-18 años)

Son una minoría, pero son los que más me preocupan a largo plazo. Beben con frecuencia, en cantidades importantes, y muchas veces combinan alcohol con bebidas energéticas —una mezcla que tiene un problema concreto: la cafeína enmascara la sensación de estar borracho, así que acaban bebiendo mucho más de lo que percibirían como excesivo.

Cuando veo este perfil en consulta, no me quedo en el alcohol. Pregunto cómo va en el instituto, cómo está en casa, si duerme bien. Casi siempre hay algo más debajo. El consumo habitual en un adolescente de 17 años rara vez es solo una cuestión de costumbre social.


«Ha llegado borracho a casa. ¿Qué hago?»

Esta es la frase que más veces me han dicho los padres en los últimos años. Y normalmente llega acompañada de algo que no dicen con palabras pero se nota en la cara: una mezcla de vergüenza, de rabia y de un miedo que no saben muy bien cómo manejar.

Lo primero que les digo siempre es esto: que estén aquí, preguntando, ya es una buena noticia. Significa que quieren entender lo que pasó, no solo castigar y cerrar el tema. Esa diferencia importa mucho.

Hay dos momentos muy distintos en esta situación: lo que toca hacer esa noche, y lo que toca hacer al día siguiente. No se pueden mezclar.

 

Esa misma noche: seguridad primero, conversación después

Cuando alguien llega borracho a casa, la única prioridad es que esté físicamente seguro. Nada más. La conversación importante —la que de verdad importa— no se puede tener esa noche, y no debería intentarse.

 

Señales de alarma que requieren atención médica urgente

Llamad al 112 si el adolescente está inconsciente o no responde, tiene vómitos y no puede mantenerse despierto, respira de forma irregular o muy lenta, tiene convulsiones, o sus labios o uñas se ponen azulados. La intoxicación etílica grave en un adolescente es una emergencia médica, no un episodio que se duerme y ya.

 Si el estado es de embriaguez sin señales de alarma, lo que toca es:

  • Acompañarle a su habitación sin drama, sin sermón. El alcohol ya le va a dar bastante mal rato.

  • Ponerle de lado si está muy adormilado, nunca boca arriba, para evitar el riesgo de aspiración si vomita.

  • No dejarle solo las primeras horas. La situación puede empeorar aunque parezca estable.

  • Hidratarle si está consciente y puede beber agua sin problema.

  • Guardar la conversación importante para el día siguiente, cuando ambos estén en condiciones de tenerla.

 

Al día siguiente: la conversación que sí importa

Aquí es donde más veces veo a los padres equivocarse, y lo entiendo perfectamente: han pasado una noche horrible, están enfadados, asustados, y quieren que su hijo entienda que lo que hizo está mal. El impulso natural es entrar en modo interrogatorio —«¿con quién estabas?, ¿de dónde sacaste el dinero?»— o en modo sentencia —«estás castigado un mes».

El problema es que eso cierra la conversación antes de que empiece. Y la conversación es exactamente lo que más necesitáis tener.

Eso no significa que no haya consecuencias. Claro que las tiene que haber. Pero el orden importa: primero entender, luego actuar.

 

Evitar

«Eres un irresponsable»

«¿En qué hemos fallado como padres?»

«Yo a tu edad nunca hice eso»

Minimizar: «tampoco es para tanto, todos lo hacemos»

Intentar

«¿Qué pasó anoche? Cuéntame»

«¿Cómo te sientes ahora?»

«¿Fue la primera vez o ha pasado otras veces?»

Explicar, sin sermón, qué le pasa al cerebro adolescente con el alcohol

 

La conversación tiene que ser real, no un monólogo. Si el adolescente siente que ya tiene el juicio dictado, cierra. Y si cierra, perdemos la oportunidad de influir en lo que viene después.

 

¿Cuándo es una señal de algo más?

Una vez no hace una costumbre, y un adolescente que llega borracho un sábado no es automáticamente un adolescente con un problema de alcohol. Pero hay señales que sí merecen atención:

  • No es la primera vez, o la familia sospecha que lleva tiempo ocurriendo.

  • El adolescente muestra indiferencia total ante lo sucedido, sin ninguna señal de que le haya afectado.

  • Hay cambios en el rendimiento escolar, en el grupo de amigos o en el estado de ánimo previos al episodio

  • El consumo parece vinculado a gestionar emociones: ansiedad, tristeza, problemas en casa o en el instituto.

  • Se combina con otras sustancias o con conductas de riesgo.

 

Una última cosa para los padres

Reaccionar con miedo o con rabia es humano. Pero el adolescente que llega borracho a casa también necesita saber que puede volver a llamaros si alguna vez está en una situación de riesgo. Ese vínculo —que sepa que puede contar con vosotros aunque haya metido la pata— es una de las mejores protecciones que existe.

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