top of page

Cuando dejan de llamar a nuestra puerta, empiezan a llamar a otras

  • hace 10 horas
  • 6 Min. de lectura

Hoy os escribo una entrada desde un punto de vista mas personal y reflexivo, con la idea de que estos 5-8 minutos os acompañe y os haga pensar

Una grieta que no hace ruido

Esta mañana ha entrado en la consulta una madre a la que conozco desde que nació su hija. Se sentó llamandome por mi nombre por la familiaridad que generan años de consulta, pero esta vez, como si llevar el peso del mundo le impidiera los gestos pequeños. Su hija, dijo, había desaparecido tres días. No de casa —eso lo supe enseguida—, sino de ella: "Bilbi, la he perdido y no se que hacer". Desaparecida hacia adentro, hacia una pantalla, hacia una red que tiene nombre de tienda pero vende cosas que no se deberían comprar a los dieciséis años.

La miré y pensé: esto no es nuevo. Solo tiene distinto nombre.

Llevo más de veinte años sentado en esta consulta. He visto pasar generaciones. Y lo que cambia son las pantallas, las redes, los nombres de las trampas. Lo que no cambia es la grieta. Esa que se abre despacio, sin hacer ruido, cuando un hijo llama a nuestra puerta y no encontramos tiempo, o energía, o palabras. Y un día deja de llamar. Y empieza a llamar a otras.


Lo que heredamos sin darnos cuenta

Soy de la generación de la postguerra. Nuestros padres no eran distantes por desamor. Eran personas agotadas de sobrevivir, que aprendieron a callar porque callar era resistir. El relájate y escucha, con lo que hemos pasado no era frialdad. Era el único idioma que tenían. No nos lo enseñaron porque nadie se lo había enseñado a ellos. Y nosotros, sin darnos cuenta, heredamos ese silencio y se lo pasamos a los nuestros.

No por maldad. Por desconocimiento. Porque es muy difícil dar lo que nunca recibiste.


El mundo corre demasiado deprisa

Pero los padres de hoy también estamos aprendiendo. Y lo hacemos en una sociedad que va tan deprisa que pensar se ha convertido casi en un lujo. Ahora además llega la inteligencia artificial, que responde antes de que terminemos de formular la pregunta. Eficiente, sí. Pero a veces nos roba algo que no tiene sustituto: el tiempo lento. El espacio para equivocarnos, para buscar, para encontrarnos. Ese espacio es justo el que necesitan los adolescentes para crecer. Y también el que necesitamos los padres para acompañarlos.


Alicia sigue existiendo

Pensé en Alicia mientras la madre hablaba.

No la del cuento de Carroll —aunque tampoco es mala comparación, porque también ella cayó por un agujero—, sino la otra. La de Pregúntale a Alicia, ese libro publicado en 1971 que muchos leímos en la adolescencia y que sigue siendo perturbadoramente actual.

Se presenta como el diario de una chica de quince años que cae en el mundo de las drogas. Una historia que, aunque luego se supo que fue construida por la psicóloga Beatrice Sparks a partir de casos reales, sigue poniendo el dedo en la misma llaga: la facilidad con la que un adolescente puede perderse cuando se siente invisible.

Lo que nadie cuenta de ese libro es que Alicia no era una chica rota de entrada. Era una chica normal, con problemas normales, que se sentía sola en una etapa que no entendía y que nadie le ayudaba a entender. Las drogas no la llamaron porque fuera débil. La llamaron porque no había nadie al otro lado de su puerta.

Es literatura juvenil en el sentido más honesto del término: no la que protege a los jóvenes de la realidad, sino la que se atreve a nombrarla. La que dice en voz alta lo que muchos adolescentes sienten pero no saben cómo expresar. Por eso sigue en las librerías más de cincuenta años después. Porque Alicia sigue existiendo. Solo ha cambiado el agujero por el que cae.



Blanca busca una quinta vida

Y pensé en Blanca.

La cuarta vida de Blanca Cuervo, de Alba Quintas Garciandia, acaba de ganar el Premio Gran Angular 2026, uno de los galardones más importantes de literatura juvenil en España. Y lo ha ganado, según el jurado, por ser “un retrato certero y doloroso de la realidad que vive una parte de la juventud para la que soñar con el futuro resulta difícil y, a veces, imposible”.

No es casualidad que un premio así lo gane una historia así en este momento. Es una señal.

Blanca —así llamaré también a la hija de la mujer que tengo delante, aunque no se llame así— había construido una teoría para sobrevivir: todos tenemos siete vidas. Había perdido la primera de bebé. La segunda, cuando alguien se burló de sus sueños. La tercera, cuando una puerta se cerró antes de que ella llegara a llamar.

En la cuarta vida encontró una trastienda. Un lugar oscuro que prometía lo que el mundo de afuera no daba: dinero, salida, futuro.

No era tonta. No era mala. Solo estaba intentando escapar de una periferia que le robaba el horizonte, y nadie la había visto lo suficiente como para ofrecerle una salida distinta.

Estos dos libros, separados por cincuenta años, cuentan la misma historia con distintas palabras. Y eso debería hacernos pensar. La literatura juvenil no inventa estos mundos. Los recoge. Los nombra. Y a veces nos los pone delante precisamente porque los adultos hemos mirado demasiado tiempo hacia otro lado.

Y mientras Blanca buscaba su quinta vida en los lugares equivocados, su madre la veía marcharse cada mañana con una mochila al hombro y una sonrisa distraída. Como en aquella canción de ABBA: slipping through my fingers. Escurriéndose entre los dedos.

Y la madre hacía lo que hacemos casi todos cuando sobrevivimos cansados: mirar sin ver.


Lo que la música lleva décadas intentando decirnos

Hay una canción de Cat Stevens que me persigue desde hace años. Father and Son. Un padre y un hijo que se quieren y no logran escucharse.

El padre dice: relájate, tómatelo con calma, yo también fui joven. Y el hijo responde: desde el momento en que pude hablar se me ordenó que escuchara.

Dos personas hablando al mismo tiempo. Ninguna oyendo a la otra.

El padre ofrece lo que sabe dar: estabilidad, experiencia, consejo. El hijo necesita algo distinto: que alguien se calle y le pregunte.

Ismael Serrano lo decía de otra manera: papá, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito. Un hijo que le pide a su padre que comparta sus sueños rotos, no sus triunfos.

Porque los hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan padres reales. Humanos. Que se hayan caído y lo cuenten.


Los hijos no necesitan padres perfectos

Y aquí está quizás la verdad más incómoda de todas: muchos hijos conocen muy poco a sus padres. Saben lo que hacemos, lo que exigimos, lo que prohibimos. Pero no saben quiénes fuimos, qué nos asustaba, en qué fallamos. No saben de nuestros sueños rotos ni de nuestras cuartas vidas.

Y un padre que se muestra vulnerable y real es infinitamente más cercano que uno perfecto e inescrutable.

La literatura juvenil lo sabe. Por eso los mejores libros para adolescentes no están escritos solo para ellos. Están escritos también para nosotros, los adultos que los acompañamos —o que deberíamos acompañarlos—, para que recordemos lo que es tener dieciséis años y sentir que el mundo es demasiado estrecho y que nadie lo entiende.

Leer Pregúntale a Alicia o La cuarta vida de Blanca Cuervo junto a nuestros hijos no es solo un ejercicio cultural. Es una forma de abrir una puerta. De decirles: este mundo que describes, yo también lo reconozco. Y estoy aquí.

La sensación de no caber en esta vida no es nueva. La tuvieron nuestros padres, callados tras la postguerra. La tenemos nosotros, atrapados entre la velocidad y la culpa. La tienen ahora Blanca, Alicia, el hijo de Cat Stevens. Y la tendrán las generaciones que vienen, si no aprendemos a hacer sitio.

El mundo siempre ha sido demasiado estrecho para algunos. La diferencia está en si encuentran una mano tendida o una pantalla encendida.

A veces un adolescente no busca respuestas. Busca un lugar donde poder hacerse preguntas sin miedo.


A veces no buscan respuestas

No puedo ofrecer soluciones rápidas. De hecho creo que no existen. Pero sí hay algo que siempre está disponible: el tiempo. No el de antes, que ya no vuelve. El de ahora y el de mañana, que todavía son nuestros.

Preguntarle no cómo te fue sino qué sueñas. Y también —esto cuesta más— contarle los sueños propios. Los cumplidos y los rotos.

Sentarse en el desayuno sin mirar el móvil. Dejar que el silencio sea cómodo. Y si empieza a hablar de cosas que duelen, no interrumpir con soluciones. Quedarse. Escuchar. Que sienta que esta vez sí hay alguien al otro lado de la puerta.

Porque lo que Alicia pedía en cada página de su diario no era que le quitaran las drogas. Era que alguien la viera antes de que las necesitara.

Porque lo que Blanca buscaba en la trastienda no era dinero. Era una vida donde cupiera.

Porque lo que el hijo de Cat Stevens no podía explicarle a su padre no era adónde iba. Era que necesitaba que alguien le preguntara.


Todavía hay tiempo

Los hijos no piden que seamos perfectos. Piden que estemos. Que les contemos otra vez. Que no dejemos que se escapen entre los dedos sin haberlos rozado de verdad.

Blanca tiene todavía tres vidas por delante.

Que alguien esté ahí cuando empiece la quinta.

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
  • Instagram
  • Facebook
  • X
  • Pinterest

© 2024 por Blog de Crianza de Hijos. Creado con Wix.com

Avda. Pau Casals, 15. 3Ducktors PEdiatric Center. 43840 Salou. Tarragona

Telf.: 977076303. Cita Previa

bottom of page